Oftalmología y omega-3

El órgano de la visión es un sistema complejo que permite la realización del acto visual. Éste consta de cuatro etapas diferenciadas:

  1. Formación de la imagen en la retina a través del sistema óptico (córnea, humor acuoso, cristalino y humor vítreo).
  2. Creación del impulso nervioso.
  3. Transmisión del impulso nervioso a través del nervio óptico.
  4. Interpretación del impulso nervioso, en la corteza cerebral.

La retina, por lo tanto, pude considerarse una parte especializada del sistema nervioso central, capaz de captar la luz a través de receptores especializados, los bastones y los conos, y de generar un impulso nervioso que, a través de las neuronas del nervio óptico, transmite el mensaje a las áreas especializadas del cerebro para su descodificación e interpretación.

El desarrollo del sistema neuronal óptico tiene lugar en el feto a partir de la cuarta semana de vida y finaliza unas 10 semanas después del nacimiento. La agudeza visual del recién nacido se estima que no sobrepasa de 20/400.

Con la edad se pierde agudeza visual por diferentes motivos, como los cambios por opacidad del cristalino, que conducen a las cataratas; los cambios estructurales de los músculos ciliares, que impiden la correcta adaptación del cristalino y provocan presbicia; o alteraciones de la retina y de las neuronas que no reaccionan correctamente a los estímulos luminosos.

Tanto durante el periodo embrionario como en la edad adulta y la vejez, preservar las estructuras neuronales que permiten la transmisión del impulso nervioso es clave para obtener y conservar la máxima agudeza visual. De estas estructuras debemos destacar, por su importancia en la transmisión del impulso nervioso, la membrana de las células nerviosas y su composición en fosfolípidos y ácidos grasos poliinsaturados.

Visión

Los ácidos grasos esenciales, entre ellos los poliinsaturados de cadena larga (EPA y DHA), son componentes estructurales de todos los tejidos y son indispensables para la síntesis de las membranas celulares. El cerebro, la retina, y otros tejidos neuronales son muy ricos en estos ácidos grasos. Así, el DHA constituye el 60% de los ácidos grasos poliinsaturados en la retina y el 40% en el cerebro. El DHA en los fosfolípidos de membrana forma parte de los fotorreceptores de la retina y en las terminaciones sinápticas.

Los ácidos grasos poliinsaturados de los fotorreceptores de la retina aumentan su capacidad de procesamiento del estímulo luminoso, por lo tanto las personas que tienen un déficit de estos ácidos grasos requieren mayor estímulo lumínico para provocar el mismo nivel de respuesta fotoeléctrica que aquellas personas con los niveles adecuados de EPA y DHA.

Otros componentes importantes para la preservación de la agudeza visual son los pigmentos luteína y zeaxantina. Su concentración más elevada se encuentra en la mácula, o parte central de la retina, que contiene la máxima cantidad de células fotorreceptoras, los conos y los bastones. Su principal función es la de proteger estas células de la agresión producida por los radicales libres de oxígeno que se forman por el impacto de la luz. Los estudios de observación que se han efectuado indican que una dieta alta en luteína y zeaxantina podría reducir tanto el riesgo de cataratas como la degeneración macular asociada a la edad.

En la preservación de las células nerviosas implicadas en la visión también juegan un papel importante las vitaminas. Así, las vitaminas E y B2 poseen también un efecto protector antioxidativo, la vitamina B12 es fundamental para reparar los tejidos nerviosos cuando se dañan. La vitamina B12 y el ácido fólico son imprescindibles para evitar el exceso de homocisteína en sangre, que es neurotóxica.

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